sábado, 22 de agosto de 2009

Pétalo 132 :)

¿Qué tiempo dedicas a un café?


Hoy he traído un muy conocido cuento que nos hace recapacitar acerca de la gran diferencia entre lo importante y lo urgente, muchos dícen que proviene de los relatos de Las Mil y una Noches, otros dícen que se deduce de las reflexiones de Lao Txe, los menos creen que lo han inventado los afamados coaches ejecutivos de nuestros días. Creo que carece de importancia ahora, lo mejor es que cada persona que lo transmite lo comunica con su toque personal. 

En cualquier caso cuenta con modificaciones en función de la intención de quién lo transmite, en este caso ha tenido alguna pequeña variación intencionada en parte debida a mi modo de ver el mundo; y a cómo deseo transmitir y repartir mis Pétalos entre vosotros.

Unos sonidos de relax os acompañarán mientras lo leéis:

http://www.youtube.com/watch?v=QIU5WBJb6BI

... Había una vez un sabio anciano samurai en las tierras llanas de la alta montaña que dedicaba su tiempo a contarles historias a varios jóvenes de la aldea en la que vivía  para de este modo posibilitar su autoconocimiento y hacer de ellos hombres y mujeres de sólidos valores cuando fueran adultos. 

Un soleado día de primavera justo al amanecer, cuando el sol asomaba por el valle, como de costumbre se levantó para comenzar a disfrutar de un nuevo día, se vistió con su habitual sencillo kimono, tomó un recipiente grande de madera, el más grande que encontró y comenzó a caminar hasta lo alto de la montaña, solo, con el gran cuenco de madera encima de su cabeza.

No era necesario que se ayudara con sus brazos para sostenerlo, el gran cuenco se sostenía en perfecto equilibrio encima de su cabeza mientras caminaba hacia lo alto de la montaña, era una habilidad o mejor dicho cualidad que siempre tuvo el gran maestro. 

Al verlo una jóven de la aldea, avisó a todos sus amigos, y pronto se encaminaron todos los que solían escuchar al anciano por la noches en la hoguera, caminando en hilera hacia la parte alta de la montaña. 

Al llegar el anciano tras la larga caminata se sentó en una zona un tanto despejada rodeada de enormes árboles y setos frondosos, y comenzó a respirar profundamente dejando el gran cuenco frente a él.

Así permaneció algunos minutos en paciente espera hasta que todos y cada uno de los jóvenes tomara asiento alrededor del cuenco. A los jóvenes les resultaba curioso como el anciano solía esperar hasta el último de ellos para comenzar sus enseñanzas. 

Los mayores no muy cansados llegaron primero ya que eran mucho más resistentes a la empinada pendiente de la montaña debido a su edad y experiencia; los más jóvenes debido a su pequeña altura y pericia llegaron más tarde y muy agotados debido a su inexperiencia al subir hacia la cumbre. 

Una vez estuvieron todos, se sentaron alrededor del cuenco formando un enorme círculo. Entoces el sabio maestro solicitó que todos ellos buscásen piedras grandes, las más grandes que pudieran encontrar, enormes.

Y así lo hicieron, todos se levantaron y comenzaron a buscar piedras grandes, algunos encontraron algunas tan enormes que no cabían en el cuenco, otras por su forma no cabía en el hueco, a pesar de no ser tan grandes ya que eran irregulares, y así apilaron algunas al lado del cuenco entre todos ellos. 

Fue cuando el maestro comenzó a llenarlo con alguna de esas piedras, le costó mucho esfuerzo debido a su escasa altura, aún así con gran esfuerzo lo consiguió. 

Después preguntó a sus alumnos si el recipiente estaba lleno. Todos estuvieron de acuerdo en considerar que sí.

Entonces, el sabio anciano samurai, se levantó y tomó algunos guijarros que había a lo largo del camino que les había llevado hacia la cumbre y los fue dejando caer uno a uno en el cuenco. Fue cuando cada vez que en el cuenco caía un guijarro y resonaba ese sonido característico de chocar piedras contra piedras haciendo eco en todo el bosque, ellos quedaban atónitos.

Poco a poco hizo que se fueran dando cuenta que todavía aún quedaba espacio dentro, es más bastante espacio. Cada nuevo quijarro era una sorpresa para ellos ya que al final consiguió introducir todos y cada uno de aquellos guijarros, chocando con las piedras que ya estaban dentro. 

Una vez terminó como estaba cansado se sentó nuevamente y requirió ayuda del más pequeño de los jóvenes, un niño de no más de 3 palmos de altura muy avispado y despierto que siempre se prestaba solícito a ayudar al maestro en sus enseñanzas.

Jovencito por favor recoge toda aquella arena seca que ves al lado de la orilla de aquel arroyuelo y tráela para dejarla al lado del cuenco, así lo hizo solícito el pequeño, trajo toda la arena seca que pudo en su regazo, y la fue dejando caer al lado del cuenco.

Cuando tuvo bastante, el maestro les preguntó de nuevo a todos, consideráis que cabe algo más en el cuenco, y todos ellos unánimes dijeron al unísono que no. 

Fue cuando el pequeño sin que nadie le dijera nada, comenzó a dejar caer con sus diminutas manitas toda aquella arena en el cuenco, y sorprendidos y expectantes quedaron cuando la arena iba cayendo en el cuenco sin rebosar de entre los deditos del niño, continuó poco a poco hasta que terminó con toda la montaña de arena que finalmente entró dentro del cuenco pese a que estaba repleto de grandes piedras y quijarros. 

Tras esto todos los jóvenes estaban expectantes porque no comprendían el mensaje del sabio anciano samurai, al menos de momento, si confiaban en él y sabían que estaba cerca un gran aprendizaje. 

Fue entonces cuando se acercó hacia el arroyo y llenó su cantimplora de agua fresca del río, volvió rapidamente y volvió a preguntarles de nuevo. Consideráis que cabría toda esta agua dentro del cuenco, la respuesta de nuevo fue unánime y en esta ocasión muchos de ellos, los mayores del grupo pensaron que en esta ocasión el gran maestro había perdido la cabeza, que nadie habría conseguido meter una gota de agua en ese cuenco de grandes dimensiones que no infinito. 

Fue cuando de repente el anciano comenzó a dejar caer el agua fresca del río en el cuenco, dejando atónitos a todos los jóvenes, excepto a uno, el jovencito que confiaba plenamente en la sabiduría del anciano samurai.

Fue así como el anciano logró verter todo el agua en el cuenco, a pesar de estar lleno de piedras, guijarros y arena. 

Muy reposadamente como era su sentir habitual, tomó asiento, ocultándose el sol ya en las montañas debido al ocaso del día,  comenzó a explicarles el para qué de todo aquello. 

.- El cuenco representa la vida jovencitos.

.- Las piedras  son todo aquello importante para cada uno de vosotros; como es la familia, los hijos, la salud, los amigos, el amor, aquello que os apasiona. Es aquello que, aunque perdiéramos el resto, seguiría llenando nuestra vida con lo primordial.

.- Los guijarros  son los otros asuntos que nos importan; como es el trabajo, la casa, el estudio y algunas otras cosas de menor importancia.

.- La arena es el resto de lo pequeño que da la vida; en muchos casos ruido que distorsiona nuestra vida, haciendo que perdamos atención hacia las piedras grandes que son nuestro gran pilar.

Si pusiéramos primero la arena en el recipiente, no habría espacio para las piedras ni para los guijarros. Lo mismo sucede con la vida.

Si utilizáramos todo nuestro tiempo y nuestra energía en lo pequeño, no tendríamos lugar para lo realmente importante. Prestá atención a lo que resulta crucial para tu felicidad.

Ocupate primero de las piedras, de lo que verdaderamente te importa. Establecé tus prioridades, y llena tu cuenco primero con grandes piedras; el resto es arena.

Como imagináis el pequeño que no levantaba 3 palmos del suelo se levantó de repente y preguntó, si maestro esto lo he comprendido perfectamente, lo que no me queda claro del todo entonces ¿Qué representa el agua?

El profesor sonrió y dijo: Me encanta que hagas esa pregunta pequeño, la esperaba y además de tí jóven samurai.

El Agua fresca del arroyo sirve para demostrar que, aunque tu vida parezca llena de todo lo importante, siempre hay un lugar para dejarte fluir en función de las circunstancias, siempre debes conceder un pequeño espacio de tiempo para la improvisación, para aquello que decidas hacer con tu vida en ese preciso instante. 

Así es como termina el cuento oriental, ultimamente se ha occidentalizado un poco, en ese caso lo terminaríamos del siguiente modo, más acorde a nuestro proceder en estos tiempos. 

En lugar de derramar agua en el recipiente o cuenco de madera, qué ocurre si derramamos café: tras haberlo llenado de piedras, quijarros y arena; quizá el Café no muy está muy extendido en oriente y si en occidente. En ese caso terminaría así:

Y ¿Para qué vertiste Café sabio anciano samurái? preguntaría el pequeño:

Sencillo pequeño, diría el sabio anciano samurái: Café, porque aunque tu vida parezca llena de piedras grandes e importantes, siempre hay un tiempo o lugar para una taza de café con un amigo.

Un abrazo. Mari Cruz


2 Comentarios:

Mari Cruz on 18/10/09 21:02 dijo...

Me viene a la mente también para diferenciar lo urgente de lo necesario o importante un post que leí en el blog Plano Creativo:

“Buda, tal y como se nos cuenta, decía que un hombre herido por una flecha tenía que, sobre todo y lo más rápidamente posible, curarse.
El error sería preguntarse primero de dónde viene la flecha, quién la ha lanzado, de qué madera ha sido tallada, etc"

Rumi, el poeta persa, ha retomado casi palabra por palabra dicha parábola: "Un guerrero fue herido por una flecha en una batalla. Quisieron arrancarle la flecha y curarlo, pero él exigió saber primero quién era el arquero, a qué clase de hombre pertenecía y dónde se había colocado para disparar. También quiso saber la forma exacta del arco de éste y qué clase de cuerda utilizaba. Mientras se esforzaba por conocer todos estos datos, falleció.”

Jean-Claude Carrière, en “El círculo de los mentirosos”

http://planocreativo.wordpress.com/2009/10/18/lo-urgente-y-lo-necesario/

un abrazo :) mari cruz

Focalizaros en lo importante y necesario en este preciso instante para ser felices.

Unidad de Biblioteca y Documentación on 20/5/10 20:58 dijo...

Había leído este relato "occidentalizado" y cada vez que lo hago, me gusta más. Realmente muchas veces olvidamos las cosas importantes por atender las urgentes. Me encantó igualmente, la versión hecha por el poeta persa, Rumi.

¿Cuántas veces nos perdemos de las cosas sencillas de la vida por ir tras las urgencias del trabajo?

Un abrazo desde Venezuela

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