jueves, 26 de febrero de 2009

Pétalo 11 :) Esposas que nos atan

Un habitante de un pequeño pueblo descubrió un día que sus manos estaban aprisionadas por unas esposas. Cómo llegó a estar esposado es algo que carece de importancia ahora.
Tal vez lo esposó un policía, quizás su mujer, tal vez era esa la costumbre en aquella época por convencionalismos sociales, quién sabe?  Lo importante es que de pronto se dió cuenta de que no podía utilizar libremente sus manos, se dió cuenta que estaba prisionero.
Durante algún tiempo forcejeó con las esposas y la cadena que las unía intentando liberarse. 
Trató de sacar las manos de aquellos aros metálicos entrelazados, pero todo lo que logró fueron magulladuras y heridas. Vencido y desesperado salió a las calles en busca de alguien que pudiese liberarlo.
Aunque la mayoría de los que encontró le dieron consejos y algunos incluso intentaron soltarle las manos, sus esfuerzos sólo generaron mayores heridas, agravando su dolor, su pena y su aflicción.
Muy pronto sus muñecas estuvieron tan inflamadas y ensangrentadas que dejó de pedir ayuda, aunque no podía soportar el constante dolor, ni tampoco su esclavitud.
Recorrió las calles desesperado hasta que, al pasar frente a la fragua de un herrero, observó cómo éste forjaba a martillazos una barra de hierro al rojo. Se detuvo un momento en la puerta mirando. Tal vez aquel hombre podría ..., quién sabe?

Cuando el herrero terminó el trabajo que estaba haciendo, levantó la vista y viendo sus esposas le dijo: "Ven amigo, yo puedo liberarte".
Siguiendo sus instrucciones, el infortunado colocó las manos a ambos lados del yunque, quedando la cadena sobre él.
De un solo golpe, la cadena quedó partida. Dos golpes más y las esposas cayeron al suelo.
Estaba libre, libre para caminar hacia el arco iris, disfrutando del sol y el cielo , libre para hacer todas las cosas que quisiera hacer y poder decidir sobre su destino. 
Podrá parecer extraño, lo cierto es que nuestro hombre a partir de entonces decidiese permanecer en aquella herrería, junto al carbón y al ruido. Sin embargo, eso es lo que hizo.
Se quedó contemplando a su libertador al herrero del pueblo. 
Sintió hacia él una profunda reverencia y nació un profundo agradecimiento en su interior que plasmó en el deseo de servir al hombre que lo había liberado tan fácilmente. Pensó que su misión era permanecer allí y trabajar. Así lo hizo, y se convirtió en un simple ayudante del herrero el resto de su vida.
Libre de un tipo de cadenas, adoptó otras más profundas y permanentes.
Puso esposas a su mente habiéndose librado de las físicas.
Curiosamente, había llegado allí buscando la libertad por dos argollas de hierro y encontró unas mayores ...
Un abrazo. Mari Cruz
Decide seguir tu camino tras haber agradecido al herrero su trabajo, 
sólo tu te atarás nuevamente a quién o a lo qué quieras ...

1 Comentarios:

Mari Cruz on 18/10/09 21:59 dijo...

En muchas ocasiones esas esposas las ponemos nosotros anclándonos en el miedo para no actuar y así justificar nuestro comportamiento. El decidir nos hace libres y responsables con todo lo que ello conlleva que no es la esclavitud sino superar el miedo a lo desconocido o a poder conseguir lo que anhelamos.

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